Más valor, menos residuos: replantear el crecimiento en un mundo circular

Por Catherine Chevauché,
Directora, Economía Circular, Veolia,
Presidenta del comité técnico de ISO sobre economía circular

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En 2009, un grupo de científicos destacados presentó un nuevo marco de referencia que desde entonces ha transformado el discurso medioambiental mundial: los nueve límites planetarios. Cada límite representa un umbral cuantitativo: un límite de funcionamiento seguro para la actividad humana. Sin embargo, cuando estos límites se volvieron a evaluar en 2023, se habían traspasado ya seis de ellos.

No se trata de conceptos académicos abstractos. Son los sistemas vitales naturales que rigen el aire que respiramos, el agua que bebemos y los ecosistemas que nos ofrecen sustento. Y están fallando. Los microplásticos se encuentran ya en nuestra sangre. Los «productos químicos eternos» contaminan nuestras aguas. Si no se actúa urgentemente, con cada año que pase el colapso ecológico y las crisis sanitarias mundiales serán cada vez más probables.

La causa fundamental es el modelo económico linear «tomar-fabricar-desechar», que extrae los recursos naturales y genera residuos mucho más rápido de lo que la Tierra puede asumir. Y, sin embargo, esta misma amenaza impulsa a su vez la innovación. Desde los materiales circulares a las soluciones basadas en la naturaleza, hemos desarrollado los conocimientos técnicos para transformar las cadenas de suministro y evitar el colapso.

Opino, desde mi posición en la que trabajo a diario con legisladores, empresas y la sociedad civil, que el reto actual no es la invención, sino la integración. Para hacer que la circularidad sea la corriente dominante mundial, debemos ajustar las políticas, los modelos de negocio y el comportamiento del consumidor con normas compartidas y un sentido de la responsabilidad a largo plazo.

Unir los puntos

Estamos asistiendo a pasos prometedores. Perú ha iniciado una serie de iniciativas destinadas a financiar la innovación circular y la transformación industrial. En Francia, el Senado ha adoptado una ley por la que se aplican impuestos a la publicidad de las marcas de moda fast-fashion o de moda rápida e, incluso, se las prohíbe. La UE también ha comenzado a exigir el 25 % de contenido reciclado en determinados productos de plástico y ha introducido los pasaportes digitales de producto para aumentar la transparencia y la sostenibilidad de las cadenas de suministro.

Son indicios significativos, pero siguen estando fragmentados. La verdadera prueba será ampliarlos a nivel internacional sin hacer tantas concesiones que sacrifiquen su ambición. Los países son muy variados, tanto a nivel cultural, como de prioridades políticas, infraestructuras y desarrollo económico. Constituye una dificultad a la hora de alcanzar consensos sobre todo en lo que se refiere a la planificación a largo plazo. Sin coordinación, nuestras iniciativas más brillantes corren el riesgo de apagarse antes de que se hayan podido propagar.

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Fundamentos compartidos para el progreso

Para el impulso de la economía circular hay tres grupos clave: los gobiernos, la industria y los ciudadanos. Los gobiernos se enfrentan a un equilibrio delicado: regular sin asfixiar a las empresas, perjudicar a la economía o a la vida de los ciudadanos. Con demasiada frecuencia, el resultado ha sido un status quo que pone a la industria por delante, a costa del resto.

Las Normas Internacionales son cruciales para forjar el consenso mundial sobre la economía circular. Proporcionan un idioma común, un objetivo compartido y unos cimientos fuertes sobre los que construir el progreso. Las normas permiten que las empresas diseñen productos sostenibles, reutilizables, reparables y reciclables, y hacen que los consumidores confíen a la hora de elegir productos y servicios compartidos, reciclados o suprarreciclados. Sobre todo, permiten que los socios económicos colaboren, lo cual es fundamental para propagar la circularidad a nivel mundial.

Como presidenta del comité técnico de ISO sobre economía circular (ISO/TC 323), he comprobado de primera mano el poder de la cooperación. En la actualidad, 104 países están trabajando conjuntamente a través de nuestro comité para desarrollar Normas Internacionales y actualizar las existentes.

En colaboración con organizaciones como la Fundación Ellen MacArthur y el Consejo Empresarial Mundial para el Desarrollo Sostenible, hemos definido la terminología básica –como, por ejemplo, «rechazar», «reducir», «reciclar»–, armonizado la recopilación de datos y perfeccionado los indicadores para evaluar el progreso. Estos cimientos compartidos hacen posible que la innovación nacional y regional se interconecte, propague e inspire el cambio global.

Cooperación a escala mundial

Sin embargo, la economía mundial sigue siendo únicamente un 6,9 % circular, según el Circularity Gap Report 2025. Debemos actuar con mayor rapidez, lo que supone incorporar la circularidad en todos los ámbitos políticos, no únicamente en la gestión de residuos, sino también en la estrategia industrial, el comercio, la planificación urbanística y las finanzas.

Los países de altos ingresos, con tan solo el 16 % de la población mundial, son responsables del 74 % del uso excesivo de recursos. Tenemos que empezar a observar los sectores que tienen la mayor sobreproducción y el mayor sobreconsumo, y plantear esta difícil pregunta: ¿Como podemos crear menos y aprovechar más los recursos? Para las sociedades moldeadas durante siglos de crecimiento sin tregua, esto resulta tremendamente incómodo, pero es una cuestión a la que debemos enfrentarnos.

Nuestro comité también está trabajando en ampliar las normas más allá de los criterios medioambientales para apoyar una «transición justa». La justicia social debe situarse en el centro de las estrategias circulares, protegiendo a los trabajadores a medida que las industrias evolucionan, creando igualdad de oportunidades para el Sur global y desarrollando indicadores para realizar un seguimiento de los resultados. Fundamentalmente, supone promover un cambio de comportamiento que perdure a lo largo de las generaciones.

Este año, nuestro trabajo ha sido recompensado con el Premio Lawrence D. Eicher para la excelencia en el desarrollo de normas. Aunque reconoce los logros técnicos, lo considero un tributo al espíritu de colaboración: un conjunto de países reunido alrededor de una mesa para dar forma a su futuro juntos, a pesar de un mundo cada vez más dividido.

De los antecedentes a la promesa

De los nueve límites planetarios, solo uno de ellos está mejorando: la capa de ozono. ¿Por qué? Porque en 1989, el Protocolo de Montreal prohibió los gases responsables. En la actualidad, el 99 % de ellos ha desaparecido. Este impresionante logro muestra lo que es posible hacer cuando se une ciencia, política y voluntad colectiva.

Necesitamos el mismo nivel de cooperación con la economía circular. Las herramientas las tenemos. Tenemos los conocimientos. Y disponemos de las normas. Lo que se necesita ahora es el compromiso global para actuar, para integrar la circularidad en cada sector y cada sociedad.

Si tenemos éxito, no restauraremos únicamente el equilibrio de los sistemas de la Tierra, sino que crearemos un mundo más justo y resiliente para las generaciones futuras.

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