Por Adam Stingemore,
Chief Development Officer, Standards Australia
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Ahora que el mundo se reúne en Nairobi para la Séptima Asamblea de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente (UNEA-7), un mensaje resuena con inusual claridad: la acción climática no puede triunfar de manera aislada. Cada debate, cada reunión paralela, cada conversación en los pasillos parece retornar siempre al mismo punto: ningún país o institución puede enfrentar en solitario un desafío de esta magnitud.
Estamos viviendo lo que la ONU denomina la triple crisis planetaria: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación. No veo esta crisis como tres problemas separados, sino como un sistema interconectado que pone a prueba nuestra manera de gobernar, planificar y colaborar. Además, ya sea en Australia o en Kenia, mi experiencia me ha mostrado que existe un factor del que depende el éxito de cualquier iniciativa por el medio ambiente: la calidad de los datos de partida.
La fuerza de los datos compartidos
Las buenas decisiones dependen de buenos datos. Una verdad simple, pero que se torna increíblemente compleja en la práctica. Los datos ambientales solo funcionan si son confiables, interoperables y comparables, es decir, cuando todo el mundo mide, monitorea y comunica de maneras alineadas entre sí. Para mí, aquí es donde las Normas Internacionales pasan de ser solo documentos técnicos a convertirse en la columna vertebral de la gobernanza ambiental mundial.
Al medir la calidad del aire en Nairobi, monitorear la biodiversidad en el Amazonas o evaluar las emisiones de carbono en Sídney, debemos asegurarnos de que hablamos un mismo idioma. Las normas nos proporcionan ese vocabulario común. Sin ellas, surge el riesgo de la fragmentación, una fragmentación que nos frena.
Esta semana y en el marco de la UNEA-7, ISO y Standards Australia –uno de los organismos nacionales miembros de ISO–, presentan una herramienta de la que me siento especialmente orgulloso: el nuevo panel de control de normas ambientales. Es el fruto de meses de estrecha colaboración entre nuestras dos organizaciones y en la comunidad internacional en general. Cuando comenzamos a trazar el panorama de las normas, fuimos conscientes de lo vasto y disperso que se había vuelto. Más de 1100 Normas Internacionales, repartidas en 48 comités técnicos y que abarcan desde el monitoreo de los ecosistemas y el seguimiento de la contaminación hasta las finanzas sostenibles y la gobernanza de la IA.
Reunir todo ello en una visión de conjunto accesible no fue un proceso sencillo, sino un esfuerzo colectivo para crear una gobernanza ambiental más coherente y transparente. Los legisladores, los expertos técnicos y las instituciones disponen ahora de una manera práctica de navegar por esta complejidad, identificar lo que ya existe y comprender la interrelación entre las diferentes normas.
Los datos ambientales solo funcionan si son confiables, interoperables y comparables.
De la ambición a la implementación
El lema central de la UNEA-7, «Impulsar soluciones sostenibles para un planeta resiliente», refleja el sentido de urgencia del momento en que vivimos. Sin embargo, considero que la resiliencia no solo se refiere a los resultados ambientales, sino también a los sistemas en los que se sustentan. Para hacer realidad esta visión, se necesita algo más que ambición. Necesitamos marcos de gobernanza inclusivos, impulsados por los datos y capaces de rebasar fronteras. Las normas son una de las pocas herramientas que pueden lograrlo de manera confiable.
¿Por qué es tan importante en este momento? Porque la gobernanza ambiental mundial ha ingresado ya en una nueva fase. Lo difícil ya no es marcarse metas: es implementarlas, y la implementación depende de la confianza.
Los gobiernos necesitan tener la certeza de que los datos en los que basan sus políticas son exactos y comparables. Las empresas necesitan garantías de que las declaraciones de sostenibilidad resistan un examen minucioso. Las comunidades necesitan transparencia para exigir responsabilidades a quienes toman las decisiones. Las Normas Internacionales brindan justo esta confianza.
Colaboración para impulsar el impacto
Si hay algo que he aprendido a lo largo de los años, es que los organismos normalizadores no pueden hacerlo en solitario. El panel de control es más que una herramienta digital: es un símbolo de lo que puede lograr la colaboración. ISO y Standards Australia han trabajado codo con codo sacando partido de la experiencia de organismos de normalización nacionales de todo el planeta. Este planteamiento colectivo reduce las duplicidades, acelera el progreso y garantiza que las soluciones sean relevantes en un ámbito mundial, pero sin dejar de ser adaptables a las necesidades locales.
En una época en la que la competencia suele dominar los titulares mundiales, la comunidad normalizadora ofrece una narrativa diferente, una de cooperación. No competimos para establecer las normas de sostenibilidad, sino que colaboramos para hacerlas más fuertes, una actitud esencial si queremos cumplir las ambiciones de la UNEA-7 para la década venidera.
De cara al futuro, el verdadero desafío no es simplemente desarrollar más normas, sino ayudar a los países y organizaciones a utilizarlas de manera eficaz, lo que implica reforzar las capacidades, mejorar el intercambio de conocimientos y forjar alianzas que vinculen las herramientas globales a las realidades locales. También exigirá un cambio de percepción: ayudar a las personas a ver las normas no como obstáculos técnicos, sino como facilitadoras estratégicas de la acción climática.
El panel de control de normas ambientales es un paso en esta dirección: mi esperanza es que anime a gobiernos, empresas, investigadores y la sociedad civil a adoptar las herramientas que ya existen. Solo así evitaremos reinventar la rueda y aceleraremos la implementación a través de marcos compartidos y confiables. Si lo hacemos juntos, podremos convertir la ambición en acción y la acción en impacto.
Como nos recuerda la UNEA-7, lo que está en juego tiene una importancia capital: cambio climático, pérdida de biodiversidad y contaminación son todos ellos desafíos globales que exigen soluciones globales. Las normas forman parte de esas soluciones, pero no como una cura milagrosa, sino como la base de la confianza, la transparencia y la colaboración.
Por lo que estoy viendo esta semana en Nairobi, esa base ya se está construyendo.
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