Por Silvio Dulinsky
Secretario General Adjunto de ISO
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La edición 2026 del Informe de Riesgos Globales del Foro Económico Mundial (WEF) ofrece una lectura tan esclarecedora como, lamentablemente, poco sorprendente. A largo plazo, los riesgos medioambientales dominan claramente el panorama, pero en el horizonte de los próximos dos años se ven desplazados por la amenaza de una confrontación geoeconómica y de conflictos armados entre Estados. En el actual “desorden” global, la incertidumbre gana terreno y el multilateralismo retrocede. Sin embargo, los grandes desafíos a los que nos enfrentamos están profundamente interrelacionados y requieren respuestas colectivas. A pesar de sus limitaciones, no podemos renunciar al multilateralismo. También debemos afrontar la incertidumbre y, en este contexto, las Normas Internacionales constituyen una herramienta valiosa, al ofrecer un medio universal, discreto pero eficaz, para abordar ambos retos.
Seamos realistas: el multilateralismo no atraviesa su mejor momento desde hace tiempo. Concebido en la posguerra, ha demostrado ser un instrumento útil –e incluso decisivo–, como ilustran el Acuerdo de París sobre el clima o la erradicación de la viruela liderada por la OMS. Sin embargo, sus deficiencias se han vuelto cada vez más evidentes, y los acontecimientos del último año no han hecho sino ponerlas de relieve. Como señala el Informe de Riesgos Globales, hemos entrado en una era en la que “está surgiendo un panorama multipolar disputado, la confrontación sustituye a la cooperación y la confianza –la moneda de la cooperación– pierde valor”.
Pocos discutirán este diagnóstico (al menos en esto podemos ponernos de acuerdo), pero la realidad es que ningún país puede, por sí solo, hacer frente a retos globales como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, la seguridad sanitaria, la pobreza extrema, la gobernanza tecnológica o la seguridad alimentaria e hídrica. Ante esta situación, están surgiendo distintas formas de cooperación –en ocasiones plurilaterales– basadas en “coaliciones de los dispuestos”, la coopetencia, alianzas estratégicas o marcos regionales e incluso intrarregionales, llamadas a llenar el vacío dejado por el multilateralismo heredado del siglo XX y sus instituciones.
El reto consiste, por tanto, en identificar mecanismos de colaboración que sean inmediatamente operativos y, preferiblemente, imparciales. Es precisamente en este punto donde las Normas Internacionales adquieren todo su sentido, por al menos dos razones. En primer lugar, las normas se elaboran, por definición, en un entorno colaborativo –es decir, multilateral–. Su desarrollo se basa en un trabajo riguroso y en el intercambio entre expertos, en el que se escuchan las voces de múltiples partes interesadas y se tienen en cuenta sus experiencias. Este proceso es lo que las hace universalmente aceptadas y les confiere un valor de referencia compartido a escala mundial.
En segundo lugar, las Normas Internacionales ISO contribuyen directamente al logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas. En la actualidad existen más de 25 000 normas. Miles de ellas respaldan el ODS 9 (Industria, innovación e infraestructura), mientras que otras apoyan de manera concreta el ODS 3 (Salud y bienestar) o el ODS 12 (Producción y consumo responsables). En la práctica, cada vez que se aplica una norma, se avanza de forma tangible hacia estos objetivos. Así de sencillo.
Las Normas Internacionales también ayudan a reducir la sensación de incertidumbre. Su uso permite garantizar la calidad de los procesos y los productos, al tiempo que refuerza la fiabilidad de los resultados. En un contexto en el que la globalización y el multilateralismo se ven sometidos a presión, y en el que se observa una relocalización de la producción junto con una creciente regionalización del comercio, las Normas Internacionales desempeñan un papel clave: en todo el mundo contribuyen a garantizar la calidad y la seguridad de productos y procesos, protegen a los usuarios y refuerzan la confianza.
La mejora de los productos y procesos permite limitar el desperdicio, controlar los costes y apoyar el crecimiento. Cuando todos los actores trabajan con las mismas normas, las condiciones de competencia son más equitativas. Estas normas también orientan y respaldan la elaboración de las políticas públicas y de los marcos regulatorios que sustentan la actividad de las empresas. Facilitan el acceso a los mercados, simplifican el cumplimiento de los requisitos regulatorios, refuerzan la coordinación y, en última instancia, hacen posibles los intercambios comerciales.
En lugar de sucumbir a las divisiones de nuestro tiempo, deberíamos aprovechar este debate como una oportunidad para replantear la cooperación, con la ambición de diseñar enfoques mejor adaptados a los desafíos contemporáneos y, idealmente, más inclusivos.
Conviene asimismo tomar distancia de la actualidad inmediata y de sus titulares, a menudo estridentes. Según la edición 2026 del Global Cooperation Barometer, si la intensidad global de la cooperación ha variado poco de un año a otro, sus modalidades sí están cambiando. Se multiplican los formatos más flexibles y de menor escala, así como nuevos ámbitos de cooperación, en particular en inteligencia artificial y tecnologías de frontera. Algunos objetivos globales se combinan –por ejemplo, la seguridad energética y la descarbonización– y distintas regiones, como la ASEAN y Europa, identifican espacios de colaboración en torno a metas compartidas.
No podemos posponer, ignorar ni –peor aún– agravar los desafíos a los que nos enfrentamos. A pesar de las profundas transformaciones de los últimos doce meses, nuevas alianzas y vías de cooperación han surgido rápidamente para cubrir parte del vacío dejado por un orden internacional en transformación. Persisten numerosas lagunas y sería imprudente dibujar un panorama excesivamente optimista. Pero nuestra prioridad debe ser apoyarnos en los instrumentos multilaterales existentes –como las Normas Internacionales– que han demostrado su eficacia y, sobre todo, gozan de aceptación universal, para respaldar la cooperación en estos tiempos inciertos.
ISO espera con interés continuar este diálogo en el marco de la edición 2026 del Foro de Davos, donde el papel de las Normas Internacionales como base de una cooperación práctica y digna de confianza estará en el centro de nuestro compromiso.